¡Deténganme, voy hacia él!

Dicen que es malo, que hace todo tipo de cosas.
El virus es el caos y se desata el infierno.
¡Deténganme, voy hacia él!
Ni siquiera sé qué hacer con él.

Así cantaba Ana Bacalhau, la voz de Deolinda, hace casi 20 años. La idea de "agárrame, voy por él" puede considerarse muy portuguesa, y la expresión, incluso más antigua que esta canción, habla de cierto tipo de... farol lo cual hace que la otra persona crea que vamos a tomar medidas, sin que tengamos ninguna intención real de seguir adelante.

Todo esto surge a raíz de la comunicación de Donald Trump, presidente de los Estados Unidos de América. No estoy aquí para hablar de política, aunque mis ideas difieren un tanto de las del presidente. Hace pocos días, Trump amenazó con destruir una civilización entera en una sola noche. Se refería a Irán, heredero de Persia, uno de los imperios más importantes de la humanidad. Afortunadamente, rectificó y les dio a los iraníes más tiempo para acatar la voluntad de Trump.

Este y otros ejemplos de afirmaciones sin consecuencias ni seguimiento han sido habituales durante el segundo mandato de Trump. ¿Qué efecto tiene esto en su público objetivo?

Parece haber un sector del público, «su» sector, al que no parece importarle mucho lo que dice. Para ellos, siempre tiene razón, siempre es firme y siempre coherente. Pero Trump necesita llegar a un público más amplio. Ante todo, al sector de los estadounidenses al que quiere convencer de que le apoyen, empezando por los miembros de su propio partido.  

La inconsistencia, los cambios frecuentes de postura y las fuertes amenazas que, afortunadamente, no se concretan, representan un gran inconveniente para la comunicación. Nadie cree al mensajero, incluso si el mensaje es de importancia mundial.

francisco reyesSocio y Director de Comunicación Corporativa